Coco Bongo – México

Eran las 04.00 a.m. en Playa del Carmen, sentada en el taxi pensaba en tantas cosas, la sonrisa que tenía no me cabía en el rostro, la sensación de libertad, de ser consciente que deseo más de esos momentos, de esas locuras, el descubrirme sola en cualquier lugar, sin sentir miedo, esa sensación de hacer lo que deseaba sin pensarlo mucho, de saborearlo, de reírme de la gente, de mí misma, de mirar alrededor y no terminar de creer que estaba allí en medio de desconocidos e irónicamente, conociéndome más, mucho más.

Empiezo contándote que, antes de ir a México, me informé un poco, armé algunas rutas, hice números y en repetidas ocasiones los amigos que ya habían estado por allá, me decían lo mismo: No olvides ir a Coco Bongo, la disco de 25 show con más de 30 artistas en escena, disco un poco exclusiva por el costo. De todos modos, coloque en la mochila el atuendo para aquella noche, un vestido rojo. Ellas, mis amigas y compañeras de viaje estaban igual de animadas, entonces lo pusimos en la lista de las cosas por hacer en aquel maravilloso país.

El vestido rojo por estrenar, regresó a casa con la etiqueta puesta, jamás lo usé, jamás lo lucí hasta hace poco aquí en mi país. ¿No fui a Coco Bongo? Claro que fui, pero debido al ritmo, a los días con el tiempo ajustado, al cansancio, mis compañeras de viaje decidieron reponerse un poco y descansar. Así que, si iba a ir sola, era preferible ir usando tenis y jeans, así era más fácil correr si la situación lo ameritaba.

Compré la entrada (no lo pensé mucho porque cuando hago eso, encuentro demasiadas razones para dejar de hacer algo), entonces tomé mi  cámara fotográfica, dicho sea de paso, el atuendo ágil era por si tenía que defenderla en alguna pelea callejera, porque ella bien lo vale, aunque la verdad Playa del Carmen es una delicia, un paraíso, la gente muy tranquila y todo muy admirable, pero ya sabes, a veces es mejor tomar precauciones.

Salimos del hotel,  mis compañeras fueron a cenar, pero antes me dejaron en la puerta de Coco Bongo, estaba emocionada, por todo a la vez, porque era la primera vez que nada me era familiar, absolutamente nada. Armé la fila, iban preguntando cuántas personas venían contigo para preparar las pulseras, cuando llegó mi turno dije: estoy sola. El  cuarteto de argentinas que iba delante de mí, volteó a preguntar: ¿Vos venís sola?, dije: Sí; ellas dijeron (en tono de compasión): No podés estar con nosotras porque estamos muy grandes para ti (calculo estaban entre los 40 y 55 años). No lo había pedido, entonces no tenía expectativa sobre ello, por lo tanto, no pasó nada fuera de lugar.

Allí adentro era un mundo de luces, 3 pisos llenos de personas, zonas exclusivas, belleza física por doquier, competencia de quién enseñaba más, tragos repartidos a diestra y siniestra, una locura cautivante. Estaba pensando en disimular mi asombro, cuando alguien me pidió una foto, era un muchacho con su novia, me decía: ¡Tómanos una foto! Pensé: ¿Será que creen que soy la fotógrafa del lugar? Sonreí y les dije: la cámara es mía, no trabajo para la disco, ellos me dijeron: No importa, igual no te puedes perder de tanta belleza, entonces ya verás su foto entre mis líneas. Ese fue el primer contacto humano y espontáneo que hice.

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La gente bailaba alrededor y la barra era para la entrega de tragos pero no podías tener ninguno allí ¿entiendes? Entregaban los vasos y las copas “para llevar”, luego comprendí que la barra era para que las chicas (quienes deseaban hacerlo) bailaran. Pasaron como 15 minutos y uno de los mozos de la disco me extiende su mano y me invita a subir a la barra, claro que le dije que no (imagina subida allí en tenis, en jeans, con una cámara que pesa más que yo y teniendo de vecinas a chicas con escotes profundos), de pronto, él me dio en el punto G de mi conveniencia. Me dijo: ¿Quieres tomar fotos no? Le dije, claro, quiero. Me dijo: Entonces tienes que subir, tendrás las mejores fotos si las tomas desde allí arriba.

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Ya lo sé, soy una interesada, fácil de convencer, incoherente con pleno conocimiento de la incoherencia, está bien, lo acepto. ¿Terminamos con la crítica? Perfecto. (Siguiente párrafo)

Allí arriba me desconecté de mis pensamientos, ellos se quedaron en algún lugar antes de subir, antes de bailar, antes de gritar con la manada de flacas que ni idea de quiénes eran, pero tú no sabes qué fue lo más gracioso, que en la rotación, terminé sonriéndole a la argentina de 50 años que encontré a la entrada de la discoteca y que estaba a mi costado bailando, sobre la barra, inmediatamente ella le había gritado a todo el cuarteto: ¡Miren quien está aquí! Hasta eso fue bueno, la gente pensó que éramos amigas y que nos encontramos allí, claro, aproveché el momento y las saludé a todas, levanté el vaso en signo de confianza.

Que delicia era todo, ya tenía a quien sonreír a distancia (mis nuevas amigas), ya tenía mi lugar en la barra, ya tenía mis fotos, ya tenía el lugar privilegiado para ver el show, la hora pasó sin darme cuenta, pensaba: “De verdad que la vida se hace teniendo agallas, de verdad que esta es la vida que quiero, no la de andar de discoteca en discoteca, sino la de arriesgar, de vivir, de sonreír gratuitamente, de la nada y por nada, y a veces con nadie.

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Luego del último show me preguntaba que era mejor: caminar o tomar un taxi, ya me estaba convenciendo la idea de caminar, ningún taxi quería llevarme ¿Porqué? Porque la distancia era muy cortita y estaban esperando a alguien que vaya a Cancún, Tulúm u otro lugar en donde puedan hacer precio. En fin, un taxista se compadeció de mí y me dijo, nosotros somos los autorizados por la discoteca, pero aquí tengo mi amigo que no es parte de nosotros pero la puede llevar (tan lindo), así fue que llegué al hotel, sin una gota de alcohol en las venas y caminando de puntillas a mi cama.

Les robé el sueño a mis compañeras, porque ellas estaban en media noche, preguntaron si me fue bien, incluso creo que si les hubiese dicho que no, el verme viva ya era un alivio.

Me dormí mirando el techo, agradeciendo a Dios por todo, creyendo que lo del blog de viajes podría iniciarlo con esta historia. Y espero que también allí estés conmigo, en cada línea, en cada párrafo, en cada locura.

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Anímate a soñar mientras vas viviendo, pues luego irás viviendo lo que vas soñando.

Janice Sánchez

¡Hola, soy Janice! Nací en Perú el 20 de Diciembre de 1981. El amor por los viajes surgió hace mucho de modo que pasa el tiempo y mi gusto por la mochila y la fotografía se hace crónico. Descubrí que tanta experiencia de vida podría convertirse en letras algún día y es lo que hice, empecé a escribir y a escribir, no existe un momento en el que mi mente no divague entre tantas interrogantes, ser reflexiva me ha dado tanto y aunque no creas también me frenado en ciertos aspectos de mi vida porque irremediablemente lo pienso todo.

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